Carpe Diem!

Ella se sentó en aquella roca una vez más. Sola.
De pronto, el sonido del teléfono consiguió que saliera del ensimismamiento. Ese extraño cosquilleo robó una sonrisa de su cara, rápidamente extinguida por la vuelta a los "¿y si...?"
Esta vez no se dejaría llevar. ¿Cuántos castillos en el aire se habían derrumbado en las últimas semanas?
El tiempo pasa, despacio para los melancólicos, demasiado rápido para los vividores, pero nadie escapa.
Ni siquiera ella.
Él se tumbó bajo aquel árbol una vez más. Solo.
Sus dedos marcaban una y otra vez ese maldito número. Pero comprendió que era demasiado tarde. Ella ya no estaba.
Carpe Diem!

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